jueves, 17 de mayo de 2018

LES PROIES (Marine de Contes, 2018)

LES PROIES (Marine de Contes, 2018)


Asistimos a una especie de coreografía silenciosa en medio de la naturaleza que, casi, hasta la mitad de película, no revela su propósito. En medio de la naturaleza los hombres, y alguna mujer, que van apareciendo en pantalla, actúan con la seguridad de un trabajo repetido a lo largo del tiempo pero cuyo propósito se nos escapa si no pertenecemos al mundo en el que, como un diseño bélico, todos los participantes se van  moviendo por el escenario del bosque de las Landas en el que, las imágenes aéreas obtenidas con el dron, nos sumerge. Árboles, artilugios mecánicos, palomas y humanos, se alternan sucesivamente. Un sinfín de cordeles se entrecruzan entre las ramas hasta confluir en una trinchera desde la que, como un marionetista, los humanos se alternan para hacer mover los señuelos de las palomas encapuchadas y alzadas hasta una altura que no haga sospechar a los congéneres. Que nos movemos alrededor del mundo de la caza parece no resultar una suposición absurda ni muy imaginativa, pero también podríamos estar ante un estudio naturalístico, ante un reclamo para capturar otras especies, incluso ante una hipotética preparación para adiestrar rapaces; los minutos nos lo despejarán, justo cuando aparecen por primera vez las escopetas a mitad de la obra cualquier romanticismo no sangriento ha de obviarse. Asistimos a los preparativos de un diseño de muerte, sí, pero también a una integración plena del hombre en la naturaleza, aunque termine primando no sólo la inteligencia en la caza, sino también el predominio de la técnica y la facilidad de matar usando un arma de fuego.

Estamos cerca del otoño, supuestamente la caza a “contrapasa” de la paloma fue prohibida por una sentencia de 9 de junio de 2005 del Tribunal Europeo de Luxemburgo, que consideró que la caza en contrapasa no se ajustaba a la Directiva de Aves Silvestres, y en España el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (septiembre de 2007), en sentencia ratificada por el Tribunal Supremo (marzo de 2010), declararon la suspensión definitiva de la caza en contrapasa. Vemos el episodio contrario, la migración invernal de las palomas después de criar en sus lugares del Norte de Europa, y la espera de su presencia se organiza como una campaña militar calculada paso a paso para conseguir el mayor número de aves capturadas. Hay que creer que no es un mero pasatiempo mortífero, que hay una razón cultural en el mantenimiento de la tradición y que el producto de esta matanza se aprovecha. El terreno en el que los cazadores van desplegando su estrategia recuerda, sin mucho disimulo, un cuartel de campaña semienterrado, rodeado por una línea de trincheras que comunica los cuatro lados del perímetro y desde las que, el grupo de personas, escruta el horizonte a la espera del momento en que las aves lleguen en masa. Pasajes cubiertos para pasar inadvertidos, estancias como centros de mando, cocinas, camastros, observatorios, puestos de control, todo artesanal pero con la funcionalidad y rigor necesario para que sirva de un año a otro, aunque también es un modo de vivir en naturaleza condenado a desaparecer. Un orden y un respeto al entorno natural que no podemos olvidar que concluye en una descarga cerrada orientada al cielo y a las copas de los árboles, cualquier idealización concluye cuando suena la detonación, no necesitamos ver lo que producen esos disparos, las evidencias casan mal con el mundo de la creación artística.

La extensión del lugar no engaña, es un verdadero campamento, “il faut un vélo pour se déplacer” dice uno de los paisanos más veteranos, uno de estos que siente que puede ser el último año, no por su edad, sino porque el bosque cada vez se reduce más, los árboles son talados y sustituidos por postes eléctricos o de comunicaciones, el efecto de camuflaje natural se complica cuando el entorno se despeja y las aves no se sienten atraídas por campos baldíos y escasez de vegetación. De Contes huye del efectismo sangriento del resultado final de la detonación, hemos asistido al espectáculo de la tradición que perdura como reflejo de una manera de entender la vida animal unida a la propia supervivencia aprovechando los recursos naturales; aunque el abuso puede provocar su extinción si no hay regulación, porque si desde 1980 han desaparecido cerca de 2000 campamentos como el de las imágenes, multiplicado por el número de aves que pueden ser abatidas a su paso confiado por el lugar, dato al que habría que sumar su paso por País Vasco y Navarra, los animales que lleguen a hibernar en España o África serán afortunados. Los planos aéreos proporcionan ese aire de paz y concordia con la naturaleza, como si nos transformáramos en aves en pleno vuelo asistimos a un paisaje armónico en el que ese entramado de lonas, redes, cuerdas puede ser tanto un campamento de biólogos como lo que, realmente, termina por ser, pero en el plano final podemos comprobar que las imágenes aéreas del principio y las del final no concuerdan, que entre tanto, el bosque se ha reducido, que la caza sin orden ni regulación puede ser nociva, pero que más nociva para la naturaleza es la mano del hombre en su entorno, incapaz de preservar lo que lleva siglos en el mismo sitio, todo en aras de un progreso malentendido.
LES PROIES. Francia. 2018. DIRECTORA: Marine de Contes. FOTOGRAFIA: Gabriel Roman. SONIDO: Vincent Brunier. MONTAJE: Marine de Contes. MÚSICA: Thomas Julienne. PRODUCCIÓN: L' atelier documentaire. CON LA PARTICIPACION Région Nouvelle Aquitaine. 53 minutos.

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