miércoles, 18 de abril de 2018

SONATA DE OTOÑO (Ingmar Bergman, 1978)



SONATA DE OTOÑO (Ingmar Bergman, 1978)


Una voz de hombre habla mientras la cámara permanece fija enfocando hacia el fondo de una estancia enmarcada por sucesivos encuadres; el de la cámara, el de un vano de un hueco en la pared, el de una puerta, el de una ventana; cuadros, cárceles, espacios encerrados desde los que una mujer escribe sobre una mesa, ausente de la voz de ese hombre que habla de su esposa y a la que le gusta mirar sin que ella se de cuenta. La voz de Viktor (Halvar Björk) cuenta cómo conoció a Eva (Liv Ullman), cómo el mismo día en que se conocieron, tras enseñarle la rectoría de su parroquia, a la pregunta de si se quería casar con él, la mujer respondió “quiero estar aquí”; una respuesta ajena a enamoramientos repentinos, a amores irracionales o a atracciones irresistibles. Un hombre que asume su imposibilidad de mostrar su amor con palabras creíbles y del que su mujer piensa que ha actuado por compasión, aceptándola porque ella misma es incapaz de quererse, de comprenderse, de saber quién es. La rectoría pasa a ser un refugio acogedor en el que ocultarse de una realidad familiar frustrante y destructiva. Eva ha encontrado un lugar de reposo para intentar huir de una madre al tiempo posesiva, destructiva, pero también muy ausente, y es también un lugar en el que poder olvidar al verdadero amor de su vida, otro proyecto destrozado desde la posición de una madre que no admite réplica, un refugio pero que también se abre a esa ausencia, al deseo de tener una madre en quien confiar.


A esa isla de hermosas vistas, apacible estancia, espacios acogedores donde la luz intenta calmar las tormentas interiores, llega Charlotte (Ingrid Bergman), madre de Eva. Han transcurrido 7 años desde que hija y madre se vieron por última vez. Apenas la correspondencia epistolar ha mantenido un mínimo hilo de contacto entre ambas; dos personas a las que el pasado sigue hundiendo en un océano de incomprensión, rencor, amor, indiferencia, cobardía. El reproche de una persona anulada en el ejercicio de su libertad, sometida al peso insoportable de la dominación de una madre perfecta sobre una hija imperfecta, que se ve enfrenta a la nula conciencia de culpa o error en una madre que ha de soportar, durante el breve periodo de su estancia, el discurso liberador de una serie de sucesos que han marcado el futuro de Eva, y de su hermana, la discapacitada Helena. El teatro, o la teatralización de la puesta en escena, tan querida en la obra de Bergman, no transforma la realización en una mera trasposición de unos diálogos a meros planos de los rostros de las actrices (por otra parte inmensas, en su dolor, en sus reacciones, en sus miradas abrasadas por la culpa y el miedo). El genio del realizador sueco consigue hacer bella no solo la composición de los planos, la casi permanente presencia fuera de plano del marido, una especie de reservorio de las frustraciones ajenas que, siendo pastor, la poca fe que tiene la conserva gracias a la propia Eva, la que le dijo desde un principio que no le amaba; con el uso espectacular de la luz (ese binomio Bergman-Nykvist) con iluminaciones que inciden sobre personajes “agraciados” por el momento pese a adentrarnos en los territorios más tormentosos de la naturaleza humana, los más perversos, los más egoístas, los más despreciables, pero para los que Bergman, en esa fe llena de dudas que suele caracterizar a sus personajes, termina dejando siempre una escapatoria moral, una redención plausible apostando por su humanidad y humanismo.


Los recuerdos, y el peso de los recuerdos se arrojan sobre la noche sueca en medio de la penumbra de un despertar prematuro producto de una pesadilla de Charlotte. La larga conversación madre-hija da pie a que ambas sinceren su memoria, el equivocado concepto que la propia madre tiene de sus actos y sus consecuencias, y la impensable, hasta ese momento, capacidad de odiar de una hija, consciente desde hace muchos años, que todos los males provienen de un origen que no se ha atrevido a discutir a tiempo para reivindicar su personalidad; “no se qué era peor, si cuando te ibas de gira o cuando querías hacer de madre y esposa”. Cuando Charlotte decide seguir el consejo de su viejo amigo director de orquesta para que “se quede en casa haciendo una vida respetable en vez de someterse a la humillación diaria”, la melancolía paterna (breve aparición del gran Erland Josepshon) se transforma en un infierno para ese padre y esa hija que mantenía engañado al padre con la idea de una reconciliación tras una serie de infidelidades y abandonos. El preludio nº 2 de Chopin se transforma en un leit-motiv que, como un tema dentro de una sinfonía, en otra de esas escenas que atragantan la saliva ante el portento de su concepción, va acompañando, y anticipando, el sentido de la relación entre madre e hija. Pieza áspera, fría, dura, orgullosa, irónica, mordaz, pero con respiros, apenas puntualizaciones entre el duro roce del dolor que habla de emociones pero no de sentimentalismos. En la escena en que madre e hija interpretan la pieza hay un reto de miradas que no se cruzan, mientras cada una observa, y escucha, a la otra, ejecutar la pieza, su interior revive todos los episodios traumáticos de un pasado que, aunque se quiere superar, sigue condicionando el presente de ambas, un presente que, cuanto más doloroso y arduo se construye, más facilita la huida fácil y frívola de la madre y el deseo de una hija de pasar página, si no perdonar, si intentar reconstruir algo hacia el futuro, una interpretación que revela a una madre cómo esa hija, en gran parte despreciada, es capaz de interpretar al piano con la misma calidad que la propia profesional. 


En su final hay tres personajes que ya no se escuchan , una madre que pide perdón, que la abracen, que la toquen, que quiere ser ayudada después de contemplar el odio latente de su hija; una hija, Eva, que le dice que “deberías estar encerrada para ser inofensiva”, que ha acogido a su hermana en casa para cuidarla porque así demuestra ser lo contrario que su madre, que ha decidido que su vida se completa con ayudar a Viktor y Helena y conversar y sentir la presencia de su hijo muerto (otra escena fantástica cuando Eva enseña a Charlotte la “habitación de los niños” mientras permanecen sentadas en el suelo y la luz del sol solo ilumina a Eva, mención equívoca la de “niños” que tendrá su contestación más adelante, cuando el caudal de reproches ataque directamente los comportamientos más dolorosos de una madre culpable del futuro de Eva, pero también de la gravedad de la enfermedad de Helena), una mujer que ha decidido no morir ahora cuando su deseo vital sería el del suicidio, pero que, volviendo al principio, volviendo a los marcos que encorsetan su vida diaria, volviendo a esa contemplación por parte de Viktor desde la distancia, convencido que desde esa noche, Eva no se perdona haber provocado que su madre se fuera de casa, vuelve a escribir otra carta, una carta de perdón y de pedir perdón, una hija herida que no rehúye de su culpa y reclama, como si se tratara de una gracia divina, la posibilidad de recuperar a una madre a la que no renuncia, porque todo lo que ha sucedido y hemos experimentado, ha sucedido en nombre del amor.


SONATA DE OTOÑO. Título original: Höstsonaten. Alemania, Francia, Suecia. 1978. Dirección y guión: Ingmar Bergman. Reparto: Ingrid Bergman, Liv Ullmann, Lena Nyman, Halvar Björk, Marianne Aminoff, Arne Bang-Hansen, Gunnar Björnstrand, Erland Josephson, Georg Løkkeberg, Mimi Pollak, Linn Ullmann. Productora: Incorporated Television Company (ITC), Personafilm, Filmédis, Suede Film.http://www.estamosrodando.com/imagenes/comn/pxtrans.gif Departamento artístico: Ingeborg Kvamme, Kaj Larsen. Departamento musical: Anner Bylsma, Claude Genetay, Frans Brüggen, Käbi Laretei. Diseño de producción: Anna Asp. Fotografía: Sven Nykvist. Montaje: Sylvia Ingemarsson. Sonido: Owe Svensson, Tommy Persson. 99 minutos.