jueves, 11 de enero de 2018

RAILWAY SLEEPERS (Mon rot fai, Sompot Chidgasornpongse, 2016)



RAILWAY SLEEPERS (Mon rot fai, Sompot Chidgasornpongse, 2016)


Las casualidades ocurren, el azar o el espionaje; o simplemente oir la idea y decidir hacer algo similar. Ocurre frecuentemente que dos películas se superpongan y se mimeticen, que se rueden simultáneamente y una culmine su proyecto unos años antes, o unos meses cuando hay una carrera comercial por detrás. Cuando hablamos de documentales tan simétricos, un mundo en el que el dinero no es el reclamo fundamental para su realización, y la primera película llega de la mano de un director reconocido internacionalmente como J.P. Sniadecki, resulta complicado imaginar que ha habido una fagocitación interesada de una idea ajena, pero tampoco es descartable esa apropiación para crear la propia obra. Sniadecki presentó en 2014-2015 su documental “The iron ministry”, un fascinante, a la vez que nada envidiable, viaje a través de la red de ferrocarriles chinos, en el que el tiempo empleado permitía llegar a conocer parte de la realidad política y social de la China actual. En ese rodaje se habían empleado tres años. Paralelamente, en Tailandia, país separado por una estrecha franja de terreno del sur de China, el director tailandés Sompot Chidgasornpongse había iniciado en 2008 una aventura parecida filmando y recorriendo todas las líneas ferroviarias existentes en su país. Un trabajo de 8 años que da como resultado un interesante recorrido por el territorio y por sus gentes, sin olvidar un pasado colonial.




Compartir la experiencia de estos viajes es retroceder en el tiempo de la propia memoria, revivir experiencias de no hace mucho que rápidamente se olvidan, como si la realidad única de este país nuestro fuera la del tren de alta velocidad, un acontecimiento que eclipsa el resto de obsoletas infraestructuras y regiones abandonadas por el ferrocarril. En un país como Tailandia hablar de tren tiene que ser hablar de incomodidad, de calor, de olores a comida, de saturación de viajeros, de retrasos inexplicables, de incidencias múltiples en unas líneas ferroviarias creadas para favorecer la centralización y la colonización del imperialismo francés, británico, alemán y, finalmente japonés, pero no hace ni 20 años que frecuentando la línea Valladolid-Madrid en un momento del viaje se oía “agua, coca cola, cervezas, bocadillos, me bajo en la próxima, hasta Madrid no hay servicio de bar”, más higiénico que el servicio de estos trenes tailandeses, pero igual de popular y pintoresco. El viaje comienza y finaliza con la referencia histórica del origen y desarrollo del ferrocarril en el país, y que sirve de preámbulo y epílogo al trayecto, a la experiencia étnica, social, religiosa, política del desplazamiento, un viaje iniciado en 2008 a lo largo de todas las posibilidades que ofrece la infraestructura del país, un viaje que se inicia con el futuro, con  la imagen de los escolares excursionistas, con su vitalidad y alegría, la excitación de la experiencia, y concluye con el agotamiento, la necesidad del sueño, la búsqueda de la confortabilidad improvisada de un coche cama o simplemente del descanso tras un trayecto interminable marcado por el calor y la humedad.




Hay películas que se justifican por un momento, y el momento llega al final del recorrido, en la conversación entre el que puede ser  el propio cineasta y un ingeniero británico que recorre el país para supervisar el estado de la línea y las posibles mejoras a implementar se encuentra el, para mí, mejor momento cinematográfico, que une además, el inicio con ese largo plano que filma la entrada del tren en un túnel con la mirada subjetiva puesta hacia la entrada del propio túnel, que se va alejando hasta suponer un minúsculo punto blanco al fondo del plano mientras la oscuridad va agrandándose, con el plano similar casi al final en el interior del propio vagón de ese tren que puede ser cualquier otro, un  plano en el que el túnel es sustituido por el pasillo largo, estrecho, de apariencia interminable, cuya puerta de salida se parece a esa entrada en el túnel del principio, un plano que evoluciona de la penumbra de la noche a la claridad del día mientras los viajeros charlan, oímos su conversación y aprendemos el recorrido histórico de esas líneas ferroviarias, el tránsito del reino de Siam a la actual Tailandia, la competición de ingeniería por conseguir culminar la primera línea antes que el otro, la inauguración de la línea Khorat con los reyes de Siam colocando la última traviesa (los railway sleepers del título), la sacudida que produce atravesar el puente sobre el río Kwai en la vieja línea Burma-Siam, el festejo que oculta y suplanta el recuerdo de cientos de personas asesinadas en su construcción, la idea de viaje y la idea de hogar, una conversación que concluye con un “el tren da sueño, es relajante. Si, como nuestras vidas”, una enigmática conclusión verbal que acerca el momento más intenso del film a la influencia que el propio Weerashetakul haya podido ejercer sobre el proyecto como uno de los productores.




La cámara, salvo en ese último segmento de conversación donde ésta se da mayoritariamente fuera de campo, no se oculta, se mezcla con los viajeros, se convierte en otro pasajero más que no guarda distancia alguna con sus rostros, oímos lo que banal o trivialmente los demás comparten a la vista de todos, sentimos el agobio de viajar durante horas de pie, baqueteado por el traqueteo de los vagones sobre los raíles y somnolientos por el calor y el ruido monótono que arrulla provocando el sopor aliviado por esas ventanas bajadas por las que se refresca algo el interior del vagón mientras el tren circula. Imaginamos los olores del cerdo fermentado, del pollo frito, las salchichas cocidas, y el olor a humanidad concentrado en tan pequeño espacio, advertimos, sin palabras, que la línea férrea pasa a ser controlada por los militares cuando  la vestimenta de las mujeres se transforma en la inequívoca señal de estar atravesando territorio de mayoría musulmana, de la estatua de Buda pasamos al minarete de la mezquita y a la ametralladora de las patrullas que vigilan el interior. Un viaje en el que lo mismo unos jóvenes chatean por el móvil como el resto del vagón está lleno de monjes en una posición que parece de vencimiento por el sueño pero que más podría ser una meditación consciente. El viaje nos atrapa como a esa libélula pegada al cristal de la ventana y que no alcanza a encontrar la salida, pero al tiempo deseamos terminar, deseamos, como ese pasajero que saca su mano al exterior para mojarse con la tormenta, un respiro, un fín, una llegada a casa.


RAILWAY SLEEPERS. (Mon rot fai). Tailandia. 2016. Director: Sompot Chidgasornpongse. Director de fotografía: Sompot Chidgasornpongse. Editor: Sompot Chidgasornpongse. Diseño de sonido: Akritchalerm Kalayanamitr. Sonido: Chalermrat Kaweewattana. Productores: Apichatpong Weerasethakul, Kick the Machine Films, Sompot Chidgasornpongse, At a Time Pictures. 102 minutos.

TRAILER