jueves, 4 de enero de 2018

LO IMPORTANTE ES AMAR (Andrzej Zulawski, 1975)

LO IMPORTANTE ES AMAR (Andrzej Zulawski, 1975)

“Retrocede, gira, agáchate, dile que le amas”. La vida de Nadine se ha convertido en obediencia, ha desaparecido su voluntad en medio de un mar de confusión donde los sentimientos se confunden con los deseos, y las impotencias con las frustraciones. Cuando Servais (Fabio Testi) accede al rodaje de una película de erotismo de dudoso gusto, de escaso presupuesto y con una directora con más pretensiones que talento, busca la foto escandalosa de la antigua estrella de cine reconvertida, para sobrevivir, en actriz porno o en actriz de aquel cine que dio en llamarse “S” en los 70 y primeros 80. Su absoluta falta de moralidad y de ética es puesta en cuestión en el primer contacto visual entre la actriz y el fotógrafo free lance, cuando Nadine (Romy Schneider) advierte la presencia del intruso, su reacción es de parálisis, la misma que mostraba cuando era incapaz de cumplir las órdenes de la directora, apenas una negación con la mirada, un leve gesto de disgusto, de hartazgo, de negativa para dejar escapar un leve susurro con un “no”, un intento de no dejar rastro material en una fotografía de su degradación artística, un “no” que suena a súplica en vez de orden procedente de una mujer incapaz de ser ella misma, incapaz de imponerse, un ser anulado por el arrasador efecto de la ruina moral, económica y personal que la rodea. Es esa mirada suplicante, esos ojos llorosos, la pintura de la cara dejando los rastros de su descomposición, la que afectan al fotógrafo, una mirada y un cuerpo intuido a través de un ligero camisón que encienden los deseos del cazador frente a una presa que se antoja frágil y propicia. Hay atracción y repulsa en la mirada de Nadine, hay atracción y deseo en Servais, lo que no evita que pese al ruego, las fotografías se vendan y se divulguen, los sentimientos en la película son una cosa y el comportamiento amoral una constante adversa en un catálogo perverso y contínuo de falsas identidades y ocultaciones que hacen de “L, important c,est d,aimer” una película de culto, más por sus cualidades, que también tiene, por su impacto escandaloso en una sociedad que salía de los años del amor libre y la liberalización de las costumbres para adentrarse en las fauces del eterno retorno al conservadurismo.


Esa mirada ante la foto, una foto que degrada al artista que pierde su condición de mito al tiempo que degrada a quien la toma por su falta de pudor  y de respeto, sirve de contrapunto a toda una serie de fotografías sobre el cine que aparecen y reaparecen constantemente en la relación esquiva, hiriente, dolorosa, que empieza a desarrollarse entre actriz y fotógrafo estando por medio el marido de Nadine, Jacques Chevalier (Jacques Dutronc), coleccionista mitómano cuya única ocupación es la de ampliar su serie de fotografías de actrices del cine glamouroso americano, un mundo lleno de luces y belleza muy alejado del que tiene que frecuentar Nadine en su descenso a los infiernos. La foto de la caída en contraposición a la foto de la colección, el lumpen y el glamour reunidos en una misma estancia, lo que se desea frente a lo que se es en realidad, la Nadine refulgente del pasado opuesta a la Nadine del presente recordada por sus películas de serie Z. Ese triángulo imperfecto que se va formando entre los tres, desesperada ansia en Servais, contención derrotada en Nadine y demiurgo provocador en Chevalier se muestra siempre latente por la intuida impotencia física del marido. Tras una de las agotadoras sesiones de ensayo teatral con las que el mecenazgo oculto del fotógrafo intenta recuperar a la actriz financiando un montaje de Ricardo III, la presencia en el camerino del marido concluye con una desesperada petición de la mujer, «fóllame, fóllame, fóllame», un deseo en voz alta, desesperado e imposible al que Chevalier responde con una negativa de circunstancias que es tanto como decir, no es posible,  un «chevalier» a la fuerza, un impotente físico cuyo amor por su esposa queda minorado por la imposibilidad de complacerla, una impotencia intuída, latente, nunca verbalizada, pero que justifica ese estado de excitación insatisfecha de la mujer y su atracción-rechazo con el ejemplar sano y fuerte que representa el fotógrafo (la escena en la que Romy comienza a tocarse, sin llegar a atreverse totalmente, mientras el marido se acuesta en el colchón y da la espalda a su mujer es otra pista más).


«L,important c,est d,aimer» puede haber envejecido de manera escandalosa, su puesta en escena ser manifiestamente mejorable, las soluciones técnicas (una inestable cámara al hombro, tomas circulares alrededor de los actores, un horrible uso del «zoom») innovadoras en su momento pero muy superadas para nuestra actual comprensión del cine, sus coreografías de la violencia deliberadamente absurdas, sus escenas orgiásticas de todo menos plancenteras o erotizantes, pero resulta indudable su envidiable fuerza y vigor en el retrato de tres personajes cuya vida transita sobre y hacia las ruinas. Salvo la vivienda del mafioso al que acude y al tiempo desprecia Servais, y el palacete donde un sobreactuadísimo Klaus Kinski (esto sí que no es novedad) juega  a actor y enfant terrible, toda la escenografía de la película es deterioro, podedumbre, suciedad, abandono. Paredes desconchadas y con la pintura levantada, humedad y moho, portales que presagian suelos carcomidos y tejados llenos de goteras, hospitales donde si no mueres de tu propia enfermedad, lo harás de la infección que indudablemente cogerás allí. Estamos en un París de la corte de los milagros más que del lujo y la alta sociedad, estamos en la base de la pirámide social, seres humillados que intentan volver a sacar la cabeza, mientras el más poderoso vive de chantajear a los de arriba con el retrato de sus verdaderas miserias humanas para las que se hace necesario el trabajo de un fotógrafo con deudas que pagar. Seres cuyas miradas anuncian desesperación y deseo, anhelos y derrotas, orgullos heridos y cuerpos a punto de desfallecer. Esa mirada hundida, ese «no lo puedo hacer» con el que es presentada la actriz que interpreta Schneider, se une al figurante que se presta a hacer su marido en un ensayo teatral para que la Lady Anne de Ricardo III pueda llorar sobre un muerto, dos anuncios de cadáveres con una vida en préstamo, sin nada propio, acostados permanentemente en un colchón sobre el suelo, amortajados espíritus a falta de que el cuerpo se rinda definitivamente. 



Y no sólo eso, porque el catálogo de rendidos y vencidos es amplio y deprimente, el padre del fotógrafo, el propio fotógrafo, el amigo al que se acude para llorar las penas de amor y al que, precisamente, has traicionado acostándote con su mujer, el director teatral, las chicas drogadas para ser objeto de todo tipo de vejaciones con las que surtir el mercado negro del sexo. «Sálvame» parece estar gritando toda la película Nadine, un sálvame a gritos pronunciado sólo con la mirada, un deseo de oir «te quiero», «te amo», aunque no sea verdad, aunque solo sea la excusa para tocar, para abrazar, para dar calor en medio de un vertedero humano que hiede de principio a fín. Si una película tiene que definirse por una imagen ésta es la de Nadine implorando una salida, un respeto que hace tiempo nadie le proporciona, una súplica como ser humano vacío, incomprendido, humillado, arrastrado hasta el fango para sobrevivir. La sola presencia de Nadine justifica la película, justifica la historia, justifica el dolor y presagia la tragedia. Cuando la historia de amor a tres bandas va a negro y concluye, nada ha cambiado, los personajes han incrementado su dolor, su sensación de derrota, pero podrán sostenerse mientras dure la fortaleza de su abrazo final. Lo importante de amar es creerte que también eres amado.





Título: Lo importante es amar. Título original: L'important c'est d'aimer. Dirección: Andrzej Zulawski. País: Alemania Occidental, Francia, Italia. Año: 1975. Duración: 109 min. Guión: Christopher Frank y Andrzej Zulawski. Reparto: Romy Schneider, Fabio Testi, Jacques Dutronc, Claude Dauphin, Roger Blin, Gabrielle Doulcet, Klaus Kinski. Productora: Rizzoli Film, TIT Filmproduktion GmbH, Albina Productions S.a.r.l. Música: Georges Delerue. Fotografía: Ricardo Aronovich. Diseño de producción: Jean Pierre Kohut Svelko.