miércoles, 10 de enero de 2018

LA CIUDAD SIN LEY (Barbary coast, Howard Hawks, 1935)



LA CIUDAD SIN LEY (Barbary coast, Howard Hawks, 1935)


Cuando sobre la bahía de San Francisco aparece la niebla surge un personaje. En las primeras escenas aún no nos damos cuenta, esa niebla solo parece dificultar la llegada del barco procedente de Nueva York después de atravesar el cabo de Hornos, pero después apreciaremos que cada vez que la niebla envuelve a los personajes asistimos a un anuncio de peligro, a una situación de tensión que el fenómeno ayuda a encubrir, a ocultar. Porque en “Barbary coast” predomina la ley del silencio, el dinero es poder y el dinero oculta todo, maneja a los políticos como títeres y nada puede moverse en la ciudad sin el consentimiento de Louis Chamalis (Edward G. Robinson), el avaricioso dominador de vidas y haciendas ajenas que ha decidido enriquecerse con la fiebre del oro que lleva a miles de aventureros a los yacimientos del oeste en busca de un filón que les haga millonarios. Pero esa decisión parte de no mancharse las manos con pico y pala, ni meterse hasta la cintura en el barro, Chamalis se enriquecerá robando lo que los mineros han ganado antes de que vuelvan a tomar el barco que les saque de la ciudad. Un robo con apariencia de legalidad trucando la ruleta en la que, enfebrecidos apuestan sus ganancias, enfebrecidos y anulados por las drogas que se les suministran junto con el bendito whisky y les anula la voluntad. Cuando el jugador despierte del sueño se dará cuenta de que lo perdió todo a la ruleta y por culpa del alcohol, no de un engaño ajeno, y si alguien se atreve a protestar o cuestionar el local, Chamalis cuenta con argumentos suficientes para hacer callar bocas para siempre, “Knuckles” Jacoby (Brian Donleavy) se encargará del trabajo sucio.




El ambiente portuario, y la llegada en barco, recuerdan, rápidamente a otras dos películas de aventureros y romances que parecen imposibles. “Morocco” de 1930, con esa llegada fantasmal en barco de una mujer huyendo de su pasado y de su pobreza para intentar volver a empezar aunque sea con un matrimonio por conveniencia que desaparece en cuanto pisa tierra firme, una mujer que ya en la travesía cuenta con un protector, La Bessiére en la cinta de Sternberg, el coronel Cobb en ésta de Hawks; y “Muelles de Nueva York”, de 1928, también de Sternberg, con esos pasillos de madera, los locales envueltos en la bruma procedente del mar, el ambiente peligroso de las ciudades o lugares fronterizos, y la historia de amor en apariencia imposible, allí entre George Bancroft y Betty Compson, aquí entre Joel Mc Crea y Miriam Hopkins. Asistimos a un western “sin oeste”, a un relato de villanos y buenos que intentan acomodarse a un ecosistema abandonado, sin leyes ni reglas, donde Chamalis decide lo que vale y lo que no y donde el sheriff, única autoridad incorrupta, es incapaz de juzgar los asesinatos que ordena el incipiente rey del hampa que tiene comprado al juez local con la misma moneda, barata, que al resto, el miedo y el alcohol. Como relato de frontera, la película deja un mensaje inequívoco y poco edificante, la violencia sólo es combatible con violencia, al crimen de Chamalis sólo se le puede poner coto desde estructuras paralelas, surgen “Los vigilantes”, contrapoder ciudadano destinado a combatir al ejército de Chamalis con las mismas armas y ejecutando una justicia lynchiana que la oficial ha desertado de aplicar (la estructura y actuación de estas patrullas ciudadanas, mutatis mutandis, rememora la acción del cartel de delincuentes que decide acabar con la amenaza para su negocio en “M” de Lang, de 1931), como retrato de lo que debió ser el origen del sueño americano, sin embargo, es perfecto.




Hawks, con la intervención no acreditada de Wyler, rueda los exteriores con los claroscuros heredados del cine mudo, la sombra que se proyecta del ahorcado, el reflejo del enamorado en la pared; aunque los interiores, que predominan, son luminosos y diáfanos, sobre todo si se trata de reflejar el rostro de Miriam Hopkins, Mary Rutledge, la “mujer blanca” recibida con expectación en el puerto por lo inusual de la llegada de mujeres como ella a una ciudad tan peligrosa y criminal como San Francisco hacia 1850. Mary, la mujer a la que nadie quiere llamar por su nombre, la “mujer blanca” para los aventureros que se han asentado en el lugar, “Swan” para Chamalis, impotente a la hora de conseguir ser amado por ella pese a los regalos, lujos, casa…..porque hay una tara imposible de borrar, la del crimen sistemático e impune que mueve todas las actuaciones del personaje, la “serpiente”, la “sirena” que engañó al burro más idiota que llegó rebuznando a San Francisco, que dirá Joel Mc Crea cuando su personaje de Jim Carmichael descubra que todo el oro se ha perdido en una ruleta empeñada en negar el color negro. Hopkins tendrá que demostrar que su actuación no fue premeditada, tendrá que recuperar su nombre verdadero para que Carmichael decida arriesgar lo único que le queda, su vida, por algo más valioso que unos saquitos con pepitas de oro, un amor a primera vista, un amor de poeta, el de un Galahad perdido en territorio hostil sin Ginebra a la que cortejar ni seducir hasta que no se deshaga el malentendido, y el bucólico encuentro inicial en medio de la tormenta pueda reanudar esa pausa decepcionante causada por el salón “Bella Dona”.





Pero la presencia de Ben Hetch en el guión no puede pasar inadvertida, el tono irónico, el chiste mordaz, el comentario ingenioso es una marca de fábrica que identifica su escritura y no pocas de las grandes películas de Billy Wilder, ese contrapunto irónico lo presta el personaje interpretado por Walter Brennan, “Old Atrocity”, un viejo (¿fue alguna vez joven Walter Brennan?) que vive del trapicheo, de embaucar a mineros para que vayan a jugar al local de Chamalis, que intenta fomentar una leyenda de asesino en tiempos mejores para ahuyentar cualquier violencia sobre él, que se tapa un ojo con un parche “para dar más miedo”, secundario acompañado por otros muchos reconocibles, como el pistolero y matón de Donleavy, a quien no se le concede la posibilidad de redención, el Mc Tavish de Donald Meek, otro habitual del cine de Ford, o el periodista Coronel Cobb que inmediatamente recuerda al que después se inmortalizó en “El hombre que mató a Liberty Valence” con el Peabody interpretado por Edmond O,Brien; secundarios necesarios para servir de contrapunto a una historia de pasiones y crímenes que necesitan un respiro, un residuo de humanidad para poder soportar tanta injusticia, secundarios en los que reside algún valor de resistencia que permite que todos se rediman en un último momento, hasta el criminal más duro y sanguinario, cualquiera puede realizar un acto decente en su vida, como llega a decir Old Atrocity a Charmichael, “es la primera vez que hago algo decente”. Hawks hizo, antes y después, mucho cine algo más que “decente”.





LA CIUDAD SIN LEY (Barbary coast). EEUU. 1935. Dirección: Howard Hawks. Reparto: Brian Donlevy, Edward G. Robinson, Harry Carey, Joel McCrea, Miriam Hopkins y Walter Brennan. Guion: Ben Hecht y Charles MacArthur. Fotografía: Ray June. Música: Alfred Newman