sábado, 30 de diciembre de 2017

COLO (Teresa Villaverde, 2017)

COLO (Teresa Villaverde, 2017)

Hay películas que se comen con los ojos y te atrapan con los sentidos, hay angustias vitales que, contadas de manera morosa, contenida, fluyendo como una corriente medio estancada, se convierten en pura sensación, en pura poesía emocional a flor de piel que penetra hasta dar lugar a un encantamiento singular. Una película que comienza con un llanto silencioso y un abrazo, augura un duro recorrido, y sin embargo el acompañamiento que hacemos a la familia protagonista, encallándose en la garganta, no juega al dolor ni al sufrimiento gratuito, su descorazonador presente, su desintegración familiar producto de una crisis económica que socava cualquier tejido social, no obedece a cánones de desarraigo emocional, sino a la progresiva toma de conciencia de que cada uno de ellos ha de optar por regenerar su vida de la manera más asumible y más realista, sobrevivir aún a costa de ficcionar sobre el presente para crear una nueva realidad más optimista, negar lo que oprime e inventarse un presente a fuerza de romper con los vínculos que ahogan. Hay un padre y una madre, sin nombre en el relato, anónimos progenitores baqueteados por la edad que ya no augura mejoras sustanciales en lo económico ni en lo personal, y que sienten cómo todo ello hace tiempo que ha empezado a hacer mella en su relación de pareja, hay una hija, Marta, y una amiga de ésta, Julia, con nombre, con futuro, pero estancadas en un momento en el que el crecimiento se ve amenazado por el entorno.


Una familia unida que empieza a dispersarse, a la que la escasez le sienta mal, donde el piso en el que viven, muestra clara de mejores épocas, estéticamente decorado sin corresponderse con el actual estado de ánimo ni de medios, funciona como equivalente a la jaula en la que Marta cuida de un jilguero, un ser que depende de otros para sobrevivir, como la familia de Marta, cuya supervivencia ya no es cuestión de afecto mutuo sino de una argamasa emocional en la que lo material afecta a lo psíquico y esto a lo afectivo, reforzando una cadena infernal que no puede parar de producir efectos perniciosos, pero en la que, a diferencia del pájaro, nadie puede entrar en esa “jaula” para proporcionar los cuidados, los cariños, los afectos que van necesitando todos ellos cada vez de forma más creciente pero por separado. Villaverde utiliza la fuga, el arte de desaparecer, sería el fuera de campo que se transforma en nuestro referente visual mientras la vida continúa dentro de la casa-jaula, aunque cada miembro de la familia experimenta su huida personal y ésta podría haber quedado en paréntesis, sin haber participado nosotros de la experiencia de cada intérprete, la directora nos las va mostrando parcialmente para que asumamos que son huidas un tanto catárticas, huidas para encontrar un nuevo horizonte hacia el que encaminar un futuro incierto y que pasa por dejar atrás el peso del presente.



La película suena como un fado, la melancolía se adueña de las imágenes y los recorridos pueden mover a los cuerpos pero todos terminan varados en el mismo punto, como esos lentos movimientos de cámara, travellings que nos alejan de un nuevo lugar para retornar  con la misma morosidad, con la misma tranquilidad con la que el drama va desfilando ante nuestros ojos. Todo el mundo huye, pero ninguno busca desaparecer sino reconstruirse. «Imaginemos que tenemos luz pero no queremos encenderla», «imaginemos que era pequeña», porque en la infancia reside el recuerdo de la tranquilidad, de la armonía, de la falta de angustias, del momento en que nada parecía faltar, «¿nunca volveremos a tener dinero?, odio el dinero», porque el dinero, o mejor, su falta, detona la estabilidad personal de todos ellos, que ven venirse abajo un pequeño reino construido con esfuerzo y para el que, intentar mantenerlo, puede provocar cometer actos ridículos y vergonzantes. La resistencia de cada uno tendrá su límite, las salidas también serán dispares, volver al pueblo es un fracaso, como volver a casa de la madre, son paréntesis que se afrontan como una solución temporal pero que amenazan con hacerse perdurables. La rabia interna de Marta se transforma en la visibilidad de sus cicatrices, un daño físico para mitigar el daño emocional en tanto se encuentra una salida para una amenaza que parece puede arrasar con todo, «lo perderé todo», «no perderás nada, aquí ni hay una guerra ni una enfermedad», porque en las situaciones críticas también hay oportunidad de crecer y hacerse fuerte ingeniando la salida. Y para ayudar a las sensaciones y sentidos, la iluminación de la pelicula se va llenando de noche, de atardeceres o amaneceres en los que el sol no brilla con plenitud, como las miradas de todos ellos no termina de ser honesta ni limpia con el resto de familiares, la ocultación de las sensaciones se transmite a sus ojos, y de estos a la iluminación que parece sólo alumbrar los rostros, pero no los entornos, como si fueran capaces de agotar la luz que les rodea con su propia pesadumbre.



Los personajes van instalándose en los espacios como seres pertenecientes a un cuadro, personajes que necesitan una terraza al exterior, un espacio abierto aunque sea con la ficción de una ventana que se abre como invitación a la esperanza, al encuentro con la belleza de lo básico. Villaverde muestra el exterior de esas habitaciones como un cuadro vivo, porque las crisis personales no afectan al mundo que nos permanece ajeno y es libre, los días se suceden, los amaneceres tristes de estas cuatro personas no afectan al resto de habitantes, ni paralizan el ritmo de la pesca o afectan a la limpieza de las calles. La vida continúa aunque en el camino resulte que para ellos todo lo conocido se perdió, que todo se derrumbó, que nadie salió indemne, y puede que nada sea recuperable. 




COLO. Portugal. 2017. Dirección y guión: Teresa Villaverde. Director de Fotografia : Acácio de Almeida. Montaje: Rodolphe Molla. Sonido: Vasco Pimentel. Dirección artística: Maria José Branco. Dirección de producción: António Gonçalo. Co-productora: Cécile Vacheret. Productores: Teresa Villaverde / Alce Filme. Intérpretes: João Pedro Vaz, Alice Albergaria Borges, Beatriz Batarda, Clara Jost, Dinis Gomes, Ricardo Aibéo. Simone de Oliveira. 136 minutos.