martes, 21 de noviembre de 2017

TIERRA DE DIOS (God’s Own Country, Francis Lee, 2017)

TIERRA DE DIOS (Francis Lee, 2017)


Un nuevo día empieza en las altas tierras de Escocia, la luz poco a poco empieza a perfilar el contorno de una casa de campo, una construcción perfectamente delineada en medio de un campo que exige una dura dedicación física a la intemperie. Una granja fundamentalmente ganadera en la que dos hombres mantienen una rivalidad  desigual, Johnny y Martin, hijo y padre, a quienes una enfermedad ha separado provocando un silente reproche porque el hijo se ha visto obligado a asumir obligaciones que no eran exclusivas al quedar el padre impedido como consecuencia de una lesión vascular. Johnny (Saxby para la abuela, como si el apellido fuera un blasón que no ha de perderse) representa el mundo de una juventud perdida, anclada a un lugar al que no quiere pertenecer pero que el peso de la responsabilidad familiar obliga a mantener. Como un preso a cadena perpetua, de golpe, el personaje de Johnny asume que el destino ha adelantado el momento de asumir responsabilidades y hacerse cargo de lo que solamente era una obligación temporal y no permanente, por eso su rostro es de apatía, de cansancio mental, de absoluta insatisfacción y ausencia de interés hacia lo que le rodea, es incapaz de ver más allá de sus ojos, es incapaz de asociar la belleza de lo que le rodea y golpea con el resentimiento cualquier intento de acercamiento íntimo que otros le ofrezcan. Johnny actúa para su simple satisfacción inmediata, procurando embrutecerse en los tiempos muertos para no pensar, y la bebida es un buen sustitutivo que adormece los sentidos.


El negocio ganadero es un mundo generador de vida que exige participación del hombre para ayudar a los animales a venir al mundo y sobrevivir los primeros días. Johnny, en entredicho a cada paso que da por un padre que suple su incapacidad física con un exceso de autoritarismo, tampoco es, desde su atonía con la naturaleza que le rodea, el ejemplo de compromiso con la vida que el trabajo diario de la granja exige. Por azar, y en plena época de reproducción de las ovejas, el padre contrata a un inmigrante rumano para que ayude a Johnny en las labores que se acumulan día tras día. Llega el extraño, el extranjero, un rumano mal acogido por el joven pese a que, en su fuero interno, existe esa atracción que la mirada no rehúye más que cuando se sabe observado por Gheorghe. Johnny rehúye el beso, el contacto cara a cara en sus relaciones aleatorias con otros hombres, furtivas por propia autocensura más que por que se respire un ambiente homófobo en su entorno, sólo busca placer sin reparar en procurarlo, pero la presencia de Gheorghe aporta un elemento perturbador en sus relaciones diarias, se ve obligado a comunicarse, a abrirse poco a poco a otra persona que le interesa y le atrae, y que, además, produce el mismo efecto en el otro.


Ahora a Johnny ya no se le va a permitir dominar e imponer, al revés, la atracción se convierte en exigencia de reciprocidad, y en esa igualdad de sentimientos crecientes Johnny no puede rehuir el beso que previamente ha negado a otros hombres, en la mirada del joven británico empieza a vislumbrarse el nacimiento de un deseo diferente al del sexo fugaz y anónimo, es el nacimiento de algo perdurable y estable que implosiona de manera violenta y alejada de tabúes en medio de la naturaleza y en medio del barro, como la pareja de "Mes séances de lutte", Johnny y Gheorghe van a amarse a cielo abierto y a cambiar la personalidad de un personaje de manera radical. El cordero prematuro que Gheorghe sabe proteger y reanimar pasa a ser ese hijo que no podrán tener, crean el primer vínculo común en medio del entorno en que les toca cooperar. La película muta entonces de un relato taciturno, duro, frío, hosco, hostil, xenófono, a un devenir de enamoramiento compartido que transforma la historia en un relato de amor que hace de Johnny, progresivamente un ser maduro, reflexivo, con voz propia, capaz de reconocer sus errores e intentar repararlos.


La película es la historia de una reconstrucción de un joven desde el amor, es así, una reconstrucción en la que transita desde la más absoluta oscuridad nihilista hasta el más simple de los optimismos provocado por la segregación de endorfinas. Johnny es una persona incapaz de hablar, abandonado prontamente, o con esa sensación que le impide valorar lo que el entorno familiar le quiere, arremete contra todo y contra todos, no es capaz de descubrir un paisaje o reconstruir un muro que, en el fondo, cuando lo consigue con Gheorghe no es sino el símbolo de la reconstrucción personal, piedra a piedra, pedazo a pedazo. Apenas hay sol que brille durante la película, y éste sólo aparece consolidada la relación, del mismo modo que sólo hay lluvia sobre el asfalto cuando la misma parece resquebrajarse y perderse. No estamos ante un relato de reivindicación gay ni de apertura de armarios imaginarios, Johnny y Gheorghe no ocultan su condición aunque abiertamente no se muestren como pareja, no les asusta lo que los demás digan o piensen, siempre habrá homófobos en el camino, lo que les asusta es un futuro donde el compromiso no sea cierto, donde uno de los dos pueda abandonar a las primeras de cambio, de ahí la relevancia de la escena en que padre e hijo se sinceran, porque ése, y no otro, es el momento en que Johnny ha alcanzado la verdadera madurez.



Título: Tierra de Dios. Título original: God's Own Country.  Reino Unido. Año: 2017. Duración: 104 min..Director: Francis Lee. Reparto: Josh O, Connor, Alec Secareanu, Ian HartGemma Jones, Melanie Kilburn, Liam Thomas. Montador: Chris Wyatt. Producción: Manon Ardison, jack Tarling. Fotografía: Joshua James Richards. Sonido: Anna Bertmark.