domingo, 12 de noviembre de 2017

COCOTE (Nelson Carlo de los Santos, 2017)

COCOTE (Nelson Carlo de los Santos, 2017)
En «Cocote» una voz en off con la pantalla en blanco nos deja oir la voz de alguien que parece un charlatán de feria, una oferta interminable de regalos y obsequios, pero a cambio de ningún precio, de nada material, simplemente a cambio de demostrar que se ama a Jesucristo. No hace falta más análisis ni profundidad para conocer el mundo del que proviene Alberto, el de la iglesia evangélica en contraposición con una familia católica que no entiende, no acepta, no asume, la radicalización religiosa del hijo y hermano. Tampoco hace falta más de una escena para conocer a qué mundo no va a poder aspirar nunca Alberto, al de esa villa con piscina e inmenso jardín en el que la cámara queda estática, alejada, temerosa de invadir el mundo del poder. La clase alta rodeada de lujos inalcanzables para una inmensa mayoría que no es que no vaya a poder acercarse en su vida a un lugar como ése, sino que bastante tiene con no morir de hambre. Alberto es, por tanto, un personaje a medio camino de ningún lugar, trabaja para quien detenta el poder y no puede integrarse en su familia ni en su comunidad por una frontera religiosa insubsanable. Alberto está en lugares que no le pertenecen, por eso la imagen permanece alejada aunque el sonido parezca provenir de la misma cámara que filma pese a que el objeto o sujeto que lo provoca se encuentre a decenas de metros. Alberto ha buscado su refugio alejado de su pueblo, Pedernales, en medio de una sociedad que no se va a preocupar por él; intenta olvidar la idolatría de su entorno a base de creerse otra diferente y no mucho mejor, la noticia de que su padre ha muerto y tiene que regresar temporalmente al funeral trastoca toda su evolución como persona.


Si con su anterior «Santa Teresa y otras historias» jugaba a recrear el mundo de Roberto Bolaño desde la experimentación de un documental, «Cocote», más convencional en lo narrativo porque entra en el mundo de la ficción desde el primer minuto, no deja de ser un juego de texturas, de luz, de sonido. El sonido deconstruido con la imagen, el blanco y negro y el color, los formatos, el plano fijo y el plano circular, el plano-contraplano y el plano secuencia, el plano estático y el plano en movimiento; nada permitirá establecer una unidad formal que identifique la película, creada a partir de muchos estratos superpuestos en los que la soledad del individuo, la presión familiar, la violencia, la corrupción, la impunidad del poder, la idolatría, el poder de la religión, se cruzan en el camino de Alberto hasta obligarle a reaccionar de una manera que, a su salida de la capital, nunca hubiera imaginado. Y es que la película del director dominicano se transforma, tras la llegada de Alberto a su pueblo, en un relato criminal y antropológico porque la muerte del padre no fue producto de la edad, como se le había hecho creer, sino de un ajuste de cuentas a manos de un capo local. En el relato de la no violencia evangélica, el personaje de Alberto tiene que luchar entre su renovada fe pacifista y panteísta y la presión de su madre y sus hermanas para que vengue la muerte sangrienta de un padre ejecutado como un cerdo, al tiempo que, como hijo mayor y varón, se le obliga a participar de unos funerales religiosos en los que no cree. 


El sustrato violento que recorre la película avanza escena  a escena asfixiando y haciendo perder el control a nuestro retornado, un avance en el que, a modo de parálisis temporal, se intercalan las interminables ceremonias religiosas ajenas a la creencia del hijo, un largo funeral de 9 días durante los que Alberto irá, poco a poco, integrándose en la comunidad mayoritaria, estando donde no quiere y dejándose osmotizar por lo que había abandonado, recriminado constantemente por quienes esperan que limpie la sangre con más sangre, estar donde tiene que estar pero deseando marcharse y desaparecer. La ficción, el «noir» en el que recurrir a las autoridades es una pérdida de tiempo porque son las autoridades las que amparan a Martínez, el dueño del pueblo y señalado como asesino, es utilizada por Carlo de los Santos para hacer de la película un retrato antropológico de su país, quizás un tanto excesivo y hasta redundante, pero durante el que el extrañamiento del personaje principal no es dificil de comprender; el funeral católico mezclado con el animismo caribeño, el país exagerado en sus reacciones que consiente el abuso de poder y es capaz de llorar la muerte de un chivo borracho como si hubiera muerto la mayor gloria nacional. El rezo, la procesión, la omnipresencia religiosa no hace extraño que sea noticia de portada el descubrimiento de un gallo que dijo «Cristo viene», nadie lo ha escuchado pero nadie va a discutir su verdad porque, en el fondo, ambos mundos religiosos están deseando que ese anuncio sea verdadero. En su conclusión la película retoma su gran altura inicial, en el medio ha podido exagerarse el retrato fiel de los comportamientos de la comunidad ocupando muchos minutos de metraje, pero cuando llega la noche y el momento de compensar el desequilibrio familiar, la cámara opta por el fuera de campo, por el uso del sonido, por rodar planos circulares que recogen comportamientos que no son muy distintos, en lo clandestino, de los de las clases altas del país, del minucioso costumbrismo de las ceremonias fúnebres a la elipsis visual de lo más tenebroso del alma humana. La noche sirve a Alberto de bálsamo para liberarse de una carga que termina siendo inasumible, tradición y venganza como impedimento para separarse de una institución que apenas da y exige demasiado. De ahí la enorme importancia de ese plano final fijo, nuevamente en ese mundo que se convierte en un espacio de inmunidad, una isla en medio de la pobreza, un mundo de ricos donde los pobres son consentidos para llevar a cabo un trabajo, pero que al tiempo, permite al pobre recluirse en una especie de limbo aunque sea al precio de recoger los desechos de otros. En el fondo, para Alberto, estar fuera de los límites de esa villa es retomar un mundo de violencia palpable, mientras que si se permanece dentro, por lo menos hay una sensación de limpieza y seguridad al rebufo de quien la disfruta siempre.




COCOTE. República Dominicana. 2017. DIRECTOR: Nelson Carlo de los Santos. GUIONISTA: Nelson Carlo De Los Santos Arias.FOTOGRAFÍA: Roman Kasseroller. MONTAJE: Nelson Carlo De Los Santos Arias. SONIDO: Nelson Carlo De Los Santos Arias, Nahuel Palenque. DIRECTOR ARTÍSTICO: Natalia Aponte. PRODUCTOR EJECUTIVO: Fernando Santos Díaz, Lukas Rinner, Christoph Friedel. DURACIÓN: 80 minutos. REPARTO: Vicente Santos , Yudith Rodriguez , Yuberbi De La Rosa , Pedro Sierra , Isabel Spencer , Jose Miguel Cruz