viernes, 3 de febrero de 2017

FAJR (Lois Patiño, 2016)





FAJR (Lois Patiño, 2016)

Lois Patiño continúa investigando la imagen y el poder de la misma, revelando y ocultando, jugando con las formas, las luces, los colores. Imagen y silencio, imagen y sonido, oscuridad y reflexión, alumbramiento y revelación, el director gallego filma en Marruecos (casualidades, otro director gallego, Laxe, acaba de estrenar una de las películas españolas de la temporada, rodada y ambientada en Marruecos, “Mimosas”, de la que se ha desgajado como surgiendo de una parte de la misma pero con  entidad propia, otra evocadora y magnética propuesta con la película “The sky trembles…” de Ben Rivers) una pieza experimental de honda conexión mística, pero que también admite derivadas con componentes humanísticos y hasta políticos. Patiño ofrece, en 12 minutos, 8 escenas, 8 planos fijos que surgen de la oscuridad y caminan hacia una leve iluminación, sin abandonar la penumbra y la abundancia de oscuridad en los márgenes de la imagen, la pantalla se va aclarando y nos permite percibir siluetas, posteriormente cuerpos, y al final, armonías de blancos y negros jugando con las vestimentas de esas figuras que aparecen en medio del desierto, simetrías y disimetrías conjugando armonía y silencio abruptamente concluido con un cántico religioso.
fotografía de Carla Andrade

En la ondulación infinita de las dunas, la presencia inmóvil de esas figuras remite tanto al abandono del cuerpo como al retiro religioso para la meditación. Seres encapuchados vistiendo lo que aparentan chilabas, blancas o negras, encapuchados o cubiertos por pañuelos, a veces del mismo color que la túnica o del color que lleva el antagonista de la imagen. ¿Figuras humanas o espíritus, hombres o fantasmas, seres o transfiguraciones religiosas? En todo caso siluetas incomunicadas, idea reforzada cuando el director deja de filmarlos frente a frente y los coloca de perfil frente al otro. En medio del amanecer, de toda esta serie de amaneceres, surge el canto que anuncia la obligación del fiel de cumplir con el rezo prescrito, el “fajr” del título, palabra que en árabe alude tanto al amanecer como al “adhan”, ese cántico de llamada, comunicando las imágenes ambas realidades, un rezo que no llegamos a ver y un amanecer al que asistimos de manera reiterada, y al que las figuras, en estado de aparente vigilia, esperan inmóviles y pacientes.

La simple introducción del cántico, allá por la escena 5, introduce un modo diferente de ver y juzgar las imágenes, incluso de sentir el tiempo de las mismas. A partir de ese momento el espacio mudo del desierto, el silencio e incomunicación de las figuras, separadas por unos pocos metros, cuyas pisadas han quedado en la arena a sus espaldas, se transfigura en un mundo de personas expuestas a una realidad religiosa, es entonces cuando vemos a dos de esas figuras, igualmente separadas, sin pisadas a sus espaldas, y un camino de pies que han quedado en la arena y les une, el cántico se transforma en cordón umbilical de una cultura, en una conexión inmaterial que les proporciona una identidad propia, dejan de ser solamente hombres que esperan para pertenecer a un mundo concreto. Cuando la hora del cántico concluye, la luz se hace más intensa, y lo espiritual anuncia su retirada, esas figuras se desvanecen ante nuestros ojos, se transforman en manchas que el paisaje fagocita, quedando la duna vacía y la inmensidad del espacio hasta que el propio desierto parece disolverse, consiguiendo trasladar el mar de dunas a un mar real, unas olas y una playa donde se materializa otra silueta. Si evoca la capacidad de la meditación para diluirse en lo inmaterial, si el hombre mediante la oración desaparece confundido en la inmensidad de un paisaje, puede ser una interpretación, la otra sería más prosaica, ese ser humano ha viajado y ha cruzado el estrecho para no conseguir pisar la playa reforzado por el poder de una creencia, de un cántico; pero se ha quedado a pocos pasos de la misma, mientras la marea empieza a subir y sus pies se cubren de agua. Lo místico me termina remitiendo a lo real, a lo de todos los días, me resulta inevitable porque, tras cualquier creencia, existen, y cómo, unas necesidades materiales que cubrir y que un retiro en el desierto no eliminan; a la vuelta permanecen y acucian al hombre por mucho rezo que le alivie en su camino.